¿Hacia dónde se dirige la vida en otros planetas? De Lovecraft al Telescopio LUVOIR

Por Julio García G. / Periodista de Ciencia

El gran escritor estadounidense H.P Lovecraft, conocido por sus novelas y relatos de terror y ciencia ficción, fue un ferviente creyente en la existencia de vida en otros planetas. De hecho, se sabe que desde su niñez se dedicó a coleccionar telescopios que guardaba con recelo en algún sitio de su casa en el frío ambiente de Providence: una ciudad muy cercana a la boyante Nueva York de finales del siglo XIX y principios del XX.

El interés que mostró por la astronomía a través de una conciencia del cosmos sin igual llevó a Lovecraft a escribir -además de novelas- algunos artículos de divulgación científica relacionados con la posibilidad de que el ser humano llegaría a la Luna. También, y de manera premonitoria, se refería a proyectiles tripulados que podrían alcanzar nuestro único satélite natural en un corto tiempo.

Quizá la capacidad de este brillante escritor por imaginar desde su infancia –periodo en el cual los sueños y las fantasías más grandes surgen y se consolidan como verdades (aunque a veces no ocurra así) en casi todos nosotros– haya inspirado también a muchos científicos a creer en la posibilidad respecto a que la vida en otros planetas es posible y viable.

Hasta el momento, y gracias a los avances en ciencia y tecnología, que evidentemente no existían en la época de Lovecraft, se han descubierto más de 5 mil planetas más allá de nuestro sistema solar.

Aunque la mayoría de ellos son más grandes y calientes que la Tierra ­–del tamaño de Júpiter o inclusive aún más masivos– también existen mundos como el nuestro, pequeños y rocosos, que pueden albergar vida.

Pero ¿por qué los seres humanos tenemos esa obsesión por encontrar vida en otros planetas? ¿Tal vez para no sentirnos tan solos en el vasto universo, como alguna vez lo mencionara el astrónomo Carl Sagan? ¿O porque pensamos que una civilización más avanzada podría resolver nuestros problemas terrenales? ¿O simplemente por la curiosidad inherente a la naturaleza humana?

Por lo pronto la ciencia, y desde hace treinta años, ha puesto en órbita varios telescopios con la intención de hallar exoplanetas (planetas más allá del sistema solar).

El último de ellos, el más avanzado, es el Telescopio James Webb, el cual, con diez y ocho espejos hexagonales de berilio, fue lanzado al espacio recientemente y ha enviado ya algunas fotografías interesantes. Concretamente, la imagen de una estrella naranja a 2,000 años luz.

Pero se espera que sea hasta junio o julio de 2022 cuando comience a operar en su totalidad y envíe no solamente imágenes de galaxias y objetos que surgieron poco después de la Gran Explosión que dio origen al universo hace unos 13,700 millones de años, sino también fotografías de exoplanetas, muchos de los cuales podrían tener la capacidad de poseer algún tipo de forma de vida, aunque no necesariamente sea vida inteligente.

Sobre la vida consciente en otros planetas, capaz de desarrollar tecnología, los científicos la llaman firmas tecnológicas.

El término hace referencia, simplemente, a los efectos de la tecnología en un entorno concreto. Por ejemplo, la luz que emiten las grandes ciudades, sustancias químicas atmosféricas particulares o inclusive satélites que orbitan un planeta son firmas tecnológicas.

Otro ejemplo de firma tecnológica es la llamada esfera de Dyson, la cual es una hipotética megaestructura ­–surgida más bien de los relatos de ciencia ficción–, que rodea una estrella y captura toda su producción de energía solar.

La idea es que, a medida que una civilización se desarrolla y se vuelve más compleja, sus necesidades de energía se dispararían, y la única forma de reunir la energía que requiere dicha civilización es rodear su estrella con un sistema avanzado de recolección de energía.

De hecho, las firmas tecnológicas que podrían dejar otras civilizaciones iguales o más avanzadas que la nuestra, es un asunto que la NASA y otras organizaciones estadounidenses se están tomando muy en serio.

Por ejemplo, el año pasado, en 2021, las Academias Nacionales de Ciencias de Estados Unidos publicaron una encuesta llamada Astro2020 (se publica una cada diez años), en la cual se describen los desafíos críticos en astrofísica y astronomía para la próxima década.

Astro2020 contiene varias recomendaciones que podrían ayudar a lograr avances en la búsqueda de firmas tecnológicas. Además, la NASA ha publicado un texto, a partir de Astro2020, titulado “Oportunidades para la ciencia tecnológica en el Informe Astro2020”, con el que busca demostrar la relevancia de la ciencia en la búsqueda de “firmas tecnológicas”.

Y un claro ejemplo de estos avances es la puesta en marcha del proyecto denominado Large Ultraviolet Optical Infrared Surveyor, también conocido como LUVOIR, un telescopio espacial que captaría múltiples longitudes de onda de la luz. Este es financiado por la NASA y se espera que entre en funcionamiento en 2039.

Dicho telescopio permitirá observar planetas del tamaño de la Tierra en otros sistemas solares y, quizá, descubrir algún tipo de forma de vida.

De hecho, el informe Astro2020 se centra no solamente en el aspecto de firmas tecnológicas a las que ya me he referido, sino también hace referencia a las llamadas firmas biológicas, las cuales tienen que ver con las “huellas” que deja la vida en la superficie de un planeta determinado.

En el informe se menciona, además, que “la contaminación industrial representa una clase de componente atmosférico en la Tierra que posiblemente podría representar una firma tecnológica si se observan en los espectros de un exoplaneta”.

Ello significa que la contaminación industrial producida por alguna civilización extraterrestre podría ser indicativo de la que la vida en otro planeta es viable.

Y aunque, por ejemplo, el Oxido de Nitrógeno (NO2) es un contaminante del aire al que se le relaciona comúnmente con la actividad industrial, los niveles elevados de NO2 no son necesariamente consecuencia de dicha actividad, ya que también existen fuentes naturales que producen NO2 como la descomposición de nitratos orgánicos, los incendios forestales y la actividad volcánica.

Por si fuera poco, en Astro2020 los científicos señalan que el telescopio LUVOIR podría detectar firmas tecnológicas aún más sutiles como señales láser producidas por otras civilizaciones.

Dichas señales de luz láser quizá puedan ser herramientas de comunicación empleadas por los habitantes de otro planeta o bien podrían representar algún mecanismo novedoso para decir: “aquí estamos” y llamar la atención de otras civilizaciones como la nuestra.

Por otra parte, lo que el informe no menciona es el riesgo que implicaría contactar con otra civilización y las verdaderas intenciones que tendrían los seres de otros planetas hacia con nosotros los humanos. ¿Nos exterminarían? O, por el contrario, ¿serían benévolos?

Por lo pronto tendremos que esperar algunos años para saber, en realidad, cuántos planetas fuera de nuestro sistema solar existen solamente en la Vía Láctea. Ello requerirá de la puesta en marcha de tecnología de punta capaz de hacer un mapa extenso, así como de la clasificación de los nuevos mundos que vayan sumándose a la lista actual.

De lo que estoy seguro es que, con el Telescopio James Webb, estamos ante un momento sumamente emocionante y único en lo que respecta a la comprensión del universo y a la existencia de sus posibles mundos habitados.

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